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Bloomberg Opinión — Al declararse oficial y formalmente rebelde, Polonia puede haberle hecho un favor involuntario a la Unión Europea. Al desafiar descaradamente la autoridad legal del bloque, Varsovia obliga a la UE a decidir si quiere convertirse en la “unión que contínuamente se vuelve más estrecha” que dice ser, o seguir siendo el maleable club de naciones que es en realidad. Unión o club: en cualquier caso, la UE tendrá que hacer cambios fundamentales si quiere sobrevivir a largo plazo.

Bruselas, obviamente, no puede dejar la situación como está. Anularía la presunta jerarquía vertical de la UE, en la que el Tribunal Europeo, con sede en Luxemburgo, se encuentra por encima de los tribunales superiores de los 27 países miembros de la misma manera que el Tribunal Supremo de EE.UU. tiene primacía sobre los tribunales estatales.

De este modo, los polacos se han convertido en el último fantasma de la UE. La sentencia del tribunal llega tras años de otras violaciones de los valores europeos fundamentales por parte de Varsovia. Al igual que sus aliados populistas en Hungría, Polonia ha puesto en peligro la independencia de sus propios jueces y tribunales, ha socavado el estado de derecho y la libertad de prensa, ha maltratado a los inmigrantes y ha abusado de los derechos de los homosexuales, lesbianas y personas transgénero.

Y, sin embargo, este último desaire polaco a la UE no ha hecho más que dar una expresión descarada y vulgar a una ambigüedad que siempre ha estado ahí. ¿Cuál es exactamente el papel del Tribunal Europeo y su relación con los tribunales nacionales? Dicho de otro modo, ¿qué es exactamente la Unión Europea?

El año pasado, por ejemplo, el tribunal superior alemán también emitió un veredicto que parecía cuestionar la presunta primacía de Luxemburgo. Pero los jueces alemanes de Karlsruhe utilizaron un lenguaje más diplomático, y el caso se refería al arcano tema de la compra de bonos por parte del Banco Central Europeo, por lo que pasó desapercibido.

La UE no es una federación como EE.UU. o Alemania. Pero tampoco es una mera liga, como las Naciones Unidas. Es algo intermedio. En efecto, Bruselas y los 27 estados miembros comparten la soberanía. La materia de comercio, por ejemplo, las naciones la han cedido a la UE; en política exterior, la conservan; en otras áreas se manejan dependiendo de la situación, lo que en la práctica confunde a la mayoría de la gente.

En el pasado, el análogo más cercano fue el Sacro Imperio Romano que se extendió por Europa central desde la Edad Media hasta 1806. También allí el Imperio y los principados que lo componían compartían la soberanía. El equivalente al actual Tribunal Europeo, por ejemplo, eran dos tribunales imperiales, en Viena y Speyer. Pero la jerarquía entre ellos y los tribunales de los principados no estaba clara. De forma lenta pero segura, el Imperio se debilitó. Finalmente, Napoleón apareció y simplemente lo abolió.

La mejor manera de lidiar con una soberanía tan ambigua es redactar una constitución, como lo hizo el incipiente Estados Unidos en 1787. Incluso eso no fue una solución inmediata: los tribunales superiores de Virginia y otros estados pasaron años desafiando la primacía de la Corte Suprema de EE.UU. Pero la ley y el precedente finalmente aclararon la arquitectura federal que existe hoy.

La UE también intentó adoptar una vez una constitución, pero en 2005 los votantes franceses y holandeses la rechazaron en referéndums. En su ausencia, el bloque sigue dependiendo de los tratados entre los estados miembros. Pero éstos son más claros en cuanto a la supremacía horizontal del Tribunal Europeo (su poder para revisar la legislación procedente de otras instituciones paneuropeas) y bastante imprecisos en cuanto a su autoridad vertical frente a los tribunales nacionales.

Otra convención constitucional reviviría la idea de “unión que contínuamente se vuelve más estrecha”, que implica un estado europeo soberano como destino final. Los líderes y ciudadanos de Europa pueden considerar esto poco realista o incluso indeseable. Con el tiempo, podría llevar a otras naciones a seguir el ejemplo británico y salir. Si es así, la UE debería al menos admitir que una federación ya no es el objetivo.

La alternativa sería eliminar la etiqueta de “cada vez más estrecha” y estipular que la UE es de hecho una confederación, una liga en la que los miembros conservan la soberanía. Polonia, Alemania y todos los demás, en ese escenario, estarían en su derecho de rechazar las reglas europeas que violan sus constituciones nacionales. Pero entonces el bloque también debe ser práctico y, como casi todos los demás clubes, darse el poder de expulsar a los miembros que violen sus normas, como la democracia o el estado de derecho.

En la práctica, lo más probable es que la UE vuelva a ser lo que era. Eso significa que Bruselas y Varsovia discutirán durante años, y la UE intentará retener dinero aquí o allá, pero nadie se atreverá a plantear (y mucho menos a intentar responder) la gran pregunta. En cierto sentido, ese sería el camino más fácil, y el peor.